“Radio Encubierta” (“The Boat That Rocked”, Richard Curtis, 2009)

The Boat That Rocked (me niego a usar el título que le han puesto en España: lo mismo es la causa de sus audiencias también “encubiertas”), mentira más o mentira menos, cuenta en clave de comedia la historia de Radio Caroline, una emisora pirata que, entre 1964 y 1966, desde un barco fuera de las aguas jurisdiccionales británicas, emitía por onda media pop y rock las 24 horas del día, cuando las radios comerciales y la BBC sólo dedicaban la la música que cambió el mundo programas semanales de un par de horas.

Con un elenco impresionante (Philip Seymour Hoffman, Bill Nighy, Nick Frost, Kenneth Branagh, Jack Davenport, January Jones, Emma Thomson) y una banda sonora imposiblemente buena, algunos reprochan a su director (Richard Curtis: El diario de Bridget Jones, Cuatro bodas y un funeral, Mr. Bean, Notting Hill) que, con esa historia, haya preferido la risa fácil al relato comprometido de la lucha entre el sistema y los libertarios e incluso que, después de dos horas de fiesta, el happy end sea “inevitable”.

Yo, por el contrario, pienso que si lo que se quiere es no sólo evocar, sino elevar a la categoría de mito una época y una actitud, cuyos protagonistas, si no cambiaron el mundo, por lo menos creyeron que podían conseguirlo, la mejor opción era mostrar y regodearse en la esencia, esto es: optimismo, descaro, desinhibición, provocación, evasión, individualismo, hedonismo…, que si bien no es el resumen completo de lo que fue aquello (recordemos al director Robert Zemeckis cuando se defendía de algunas críticas progres por Forrest Gump: “sí, los 60 fueron tan buenos, tan buenos, que acabamos eligiendo a Nixon de presidente”) al menos es -mentira más mentira menos- lo que todo el mundo recuerda, dice que recuerda o sabe porque se lo han contado.

La película, con un trama delgadísima y un final perfectamente inverosímil, es una sucesión de gags -algunos memorables- que consiguen que en pocos minutos les hayas tomado cariño a todos los personajes positivos y que te den lástima, como tiene que ser, por descaradamente patéticos y arquetípicos, los negativos. Le sobra metraje y se desliza hacia la autosuficiencia en algunos momentos. Está correctamente rodada, el barco no aprisiona el relato en ningún momento y son muy plásticas -y también tópicas, pero encantadoras- las estampas de los oyentes que salpican la cinta, una plástica que recuerda a otra película sobre el rock (más equilibrada en su conjunto, mejor en muchos sentidos, también con Philip Seymour Hoffman y también basada en una historia real): Casi famosos.

(También en Atados a un poleo)

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